Ariel Santos creció en la colonia Vistahermosa de Monterrey, en una época en donde el beisbol organizado iba creciendo poco a poco. En el año 1960, cuando él tenía la edad de 10, se formó la Liga Pequeña Mitras, con empresarios y jóvenes aficionados del deporte ofreciendo su apoyo para que los niños de las zonas cercanas pudieran disfrutar el deporte.
«No teníamos absolutamente ninguna noción del béisbol», recuerda Ariel. En esos tiempos se seleccionaba a los jugadores dependiendo de sus reflejos y capacidad para atrapar la pelota.
Durante 2 años, Ariel participó en la Liga Pequeña Mitras, en donde los mejores equipos jugaban contra rivales de otras zonas como Obispado, Chapultepec y Sierra Madre. A sus 13 años, dio el salto a la categoría Pony, en donde el campo era más grande, al igual que sus rivales.
Fue pitcher y shortstop, aunque siempre le gustó más estar en el montículo. «Me gustaba mucho pichar, me divertía ponchando a mis contrarios», dijo con una sonrisa.

Aunque se consideraba un jugador promedio, su talento lo llevó a ser seleccionado a un equipo que jugó un torneo en Estados Unidos, pero lo describe como un acontecimiento frustrante debido a la diferencia de talento y de experiencia con los americanos.
Tras su etapa en la liga Pony, Ariel fue invitado a la división Bantam, categoría que tenía jugadores desde los 15 a los 20 años de edad. Con un cuerpo desarrollado y una mejora en sus habilidades, fue un pitcher buscado por otros, pero no todo terminó como él quería.
Un accidente con su entrenador, el cual no atrapó un lanzamiento del joven por estar bajo los efectos del alcohol, hizo que el jugador cuestionara el ambiente de su equipo y al final decidió dejar el beisbol de una vez por todas.
Décadas después, sigue en contacto con varios compañeros con los que jugó en el diamante, particularmente con uno de sus primeros entrenadores, El Bolillo, quien también fue amigo cercano de Bobby Treviño, catcher regiomontano que llegó a las Grandes Ligas. «Yo siempre le pregunto qué veían en él, qué habilidades tenía», comenta Ariel. La respuesta siempre es la misma: brazo y fuerza.
Para Ariel Santos, el béisbol no fue solo un deporte de infancia. Fue la escuela de una generación que aprendió a jugar sin manuales ni televisión, guiada únicamente por el instinto, la colonia y el amor al juego.
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